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La Píldora AntimiedoTodo está en nuestra cabezaSi realmente el miedo está en nuestra cabeza, este neurocientífico cree poder eliminarlo. El primer paso es apartar de la mente los recuerdosDespués de mostrarte todo lo que a miedo se refiere en la revista POPULAR SCIENCE, conoce más cosas sobre Joseph LeDoux, el neurocientífico que cree poder eliminarlo.
.La oficina de LeDoux se abre a un pasillo que conduce a la fábrica del miedo. Allí, tras unas pesadas puertas de cristal, 300 ratas blancas y gordas viven como si pertenecieran a la realeza de los roedores. Cada una tiene su jaula de acrílico transparente y se alimenta con agua filtrada y comida de primera para ratas. Sus jaulas, bien ordenadas en estantes de acero inoxidable, se limpian a menudo y se ventilan con aire rico en oxígeno. Hay que llevar mascarillas quirúrgicas para no contagiar a las ratas con gérmenes que puedan traerse del mundo exterior. Según Marie Monfils, que completa aquí sus estudios de postdoctorado, a estas ratas se les da un trato exquisito porque las ratas felices, con buena salud y despreocupadas son ideales para los experimentos, cuando les llega la hora de morirse de miedo.

Este neurocientífico se peina hacia atrás sus pelos entrecanos y corona su barbilla con un mechón bien recortado. Lleva chanclas, vaqueros negros y una camisa color lima con bordados. Su aire rockabilly le va que ni pintado cuando te enteras de que pasa casi todo su tiempo libre con su banda, The Amygdaloids, tocando la guitarra, cantando y componiendo canciones. Claro, así cualquiera es guay: la mayoría de sus temas son sobre neurociencia. Estamos sentados frente a una mesa circular, en su oficina de la planta 11 del Centro de Ciencia Neuronal de Nueva York. Allí, LeDoux me entrega el manual Fear 101. A sus 58 años conserva, refinado, el fuerte acento de sus años en Lousiana, donde creció criando vacas, toros y caballos y donde se proponía convertirse en sacerdote. “Fui a un colegio católico, y las monjas me consideraban su mejor proyecto”, recuerda. “Hacía rosarios y era el monaguillo. Solía hacer misas en mi habitación, yo solo, para practicar. Pero en octavo, las hormonas arrasaron con todo y empecé a pensar más en chicas que en religión”.

Empezó a juguetear con cerebros en la carnicería de su padre. “En aquellos días se mataba al animal de un disparo”, dice. Papá le encargaba a LeDoux hurgar en el cerebro de la vaca para recuperar la bala, porque “no creo que nadie quiera masticar un trozo de plomo”. Mientras exploraba la masa, LeDoux se recuerda a sí mismo reflexionando sobre las funciones del cerebro. “Indagaba ahí dentro y me preguntaba qué cosas hacía cada parte”.
.LeDoux fue uno de los tres alumnos de su promoción que dejó los pantanos para ir a la gran ciudad, Baton Rouge. Se matriculó en la Universidad del Estado de Lousiana y de mala gana cedió al deseo de sus padres de que hiciera Marketing. Después de todo, ellos eran los que pagaban su educación. Pero su incipiente interés en las cosas de la mente le llevó a estudiar la psicología de los consumidores, y empezó a meditar sobre la mejor forma de comprender su comportamiento. (En algún momento, LeDoux escribió una carta al eminente psicólogo B. F. Skinner preguntándole su opinión sobre ese concepto. En su respuesta, Skinner lo tachó de poco ético. Hoy lo tendríais muy difícil para encontrar una sola agencia de publicidad importante que no tenga en su plantilla un psicólogo del consumidor.)

LeDoux consiguió el título de máster en Marketing. Pero durante un curso del psicólogo Robert Thompson que trataba sobre los orígenes de la memoria, se convenció de que quería ser investigador científico y envió la matrícula a diversos programas de Psicología Biológica. Quería sacarse el título de Doctor. (Sus notas no eran muy brillantes, como reconoce él mismo: “en la facultad me relacioné con gente que me enseñó lo que es la buena vida”.) Al final, sólo lo aceptó una Universidad del Estado de Nueva York.

En aquellos días, los científicos se reían de la idea de que las emociones y el miedo residían en alguna clase de malla neuronal tangible escondida en el cerebro. Creían que las emociones eran fenómenos psicológicos complejos que, en su mayor parte, tenían poco que ver con lo que LeDoux imaginaba como astutos fragmentos de circuitos cerebrales. Pero él intuía que si iba poco a poco podría comprender las emociones humanas. Como el miedo era fácil de aislar–una emoción simple y universal que afecta a todas las especies- lo más lógico parecía empezar con él.

LeDoux llena el laboratorio de almas gemelas, sabios llenos de recursos que pueden tirar de diversas disciplinas para llegar a soluciones imprevistas. Son gente como Monfils, que me explica cómo desarrolló un programa para que las ratas olvidaran sus miedos mientras acuna a uno de los roedores, acariciándole su blanca piel como si fuera un gatito mimoso. A esta rata, por cierto, ella ya la había modificado previamente. La mitad superior de su cráneo parece rebanado y en su lugar hay ahora implantado un microchip que le permite a Monfils observar su actividad cerebral en tiempo real en su portátil.

Dentro de esta rama de la ciencia, quizá el proyecto más ambicioso se esté desarrollando en Atlanta, en el Tikvah Therapeutics. Harold Shlevin, fundador de la compañía en 2006, nos cuenta que Tikvah (“esperanza” en hebreo) está llevando a cabo ensayos con la intención de que la Administración de Drogas y Alimentos apruebe el uso del DCS para tratar trastornos de pánico, estrés postraumático, trastornos maniaco-depresivos y una serie de aprensiones que va desde el miedo a las serpientes hasta el miedo a las alturas”.
Shlevin ha incorporado a su proyecto una empresa llamada Virtually Better (virtualmente mejor) para crear simulaciones de realidad virtual, y planea lanzar un DVD que vendrá con comprimidos de DCS. El DVD tendría simulaciones para tratar diversos miedos –el interior de un avión, por ejemplo, para el miedo a volar, o un auditorio lleno de gente con el paciente en medio del escenario, para el miedo a hablar en público-. “Con los maníaco-depresivos, dice, pondríamos el acento en la limpieza, así que les haremos tocar el asiento de un retrete”. Espera poder poner a la venta la medicación y el DVD a finales de 2009 o a principios de 2010. Sólo estará disponible para aquellos pacientes con prescripción psiquiátrica.
Los ensayos como el de Tikvah están diseñados para aclarar algunas cuestiones básicas sobre el uso del DCS como medicamento para el miedo. Por ejemplo, las dosis que son necesarias. También quiere averiguarse si el DCS corrompe otros recuerdos u otras funciones cognitivas.



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